EN MANOS DE FOROFOS

¿VENCER O CONVENCER?

Cuando la política tiene por fin vencer a sus enemigos y no convencer a los que no opinan como ellos, estamos al borde de un precipicio.

A veces el miedo nos hace temer a una noche difusa
Al respecto de los forofos surgidos en los últimos días sobre el tema catalán, así como de los diversos ataques a personas que no se postulan a favor de unos o de otros, habría que decir que algo tan complicado como la libertad de personas y Estados, si lo analizamos mediante diálogos de whatsapp de pocas palabras o tuits creativos, flaco favor nos haremos si realmente queremos hacer algo más que lanzar consignas de barra de bar o de estadios rebosantes de fanatismo.

Se está tergiversando lo que ocurre por parte de los dos bandos, creando ídolos de barro a los que adorar con fe ciega, mientras las personas se convierten en rehenes de una batalla y sus generales. Al final todo es un cúmulo de circunstancias más cercana a la represión que a las leyes y libertades que se proclaman. En estos días se ha llegado al antagonismo de que en Cataluña es un problema decir que no ha habido referéndum y en España es un problema hablar de que pueda haberlo.

En este maremagnum de mensajes contradictorios y unidos en una especie de collage infantil, lo del domingo, por un lado habría que analizarlo más allá del entorno de un referéndum, cuanto menos alegal, y habría que reconocer que más allá de que se trataba de un “ataque unilateral contra el estado y la legalidad”, que decían unos o de, como afirmaban los otros, encontrarse ante “un referéndum con todas las garantías, reconocido internacionalmente por su base en tratados internacionales”, más allá de estos argumentos sin demasiado valor, habría que analizarlo en dos vertientes puntuales referidas a ese domingo que se resumen por un lado en que nos encontramos ante un ataque represivo del estado por su incapacidad de hacer “politica” (en su más puro significado, no en la práctica común de los políticos) y por su tendencia a traer al presente una mirada romántica sobre los usos represivos del franquismo como respuesta a esta incapacidad.

Y por otro lado en este análisis breve del domingo, nos encontramos ante un gobierno, la otra parte, que envía al pueblo al matadero, a sabiendas que va a haber sangre, pero necesitado de ella para afianzar un relato conveniente, en el que usará ese sufrimiento como elemento de presión en una negociación, mintiendo sin ningún tipo de rubor, aún a sabiendas de que en pos de la democracia se ha saltado cualquier atisbo de ella, construyendo una realidad paralela que incluye actuar con los mismos modos dictatoriales que la otra parte, entre los que está el de la desmemoria intencionada y selectiva que les hace olvidar que, hace escasos meses, envió contra el mismo pueblo por el que ahora llora, a los mismos antidisturbios pero con uniforme diferente, a reprimir a los también indefensos ciudadanos y ciudadanas que exigían que se cumplieran los derechos y que gritaban contra la represión del estado catalán y sus abusos y recortes.

Paisajes binarios en blanco y negro
Al final, lamentablemente, la falta de calma nos hace convertirnos en forofos incapaces de encontrar una solución y mucho menos de ser  partícipes de ella. Ahora mismo estamos tan imbuidos por la rabia, por el odio, por la sinrazón, que solo somos capaces de discutir acaloradamente sin tratar de analizar algo que vaya más allá de los colores del equipo. ¿Cómo podemos pedir diálogo para Cataluña si somos incapaces de hablar o debatir entre nosotros? Cada vez que nos enzarzamos en batallas dialécticas inflexibles en términos de buenos o manos, y en la que confundimos los términos de los debates, aumentamos el nivel de la violencia como solución.

Tratemos de calmarnos y de salir de ese blanco y negro argumental para darnos cuenta de que, no es lo mismo hablar de que el sistema está podrido y de que hay que cambiarlo, que hacerlo en términos  de que no nos gustan los que dirigen este sistema y que hay que, sencillamente, cambiar las caras dentro del mismo sistema o el color del látigo.

No es lo mismo hablar de represión al pueblo en toda su extensión (incluyendo la que se hace contra los que no tienen nada y son expulsados del sistema; los invisibles sociales), que hablar de los medios coercitivos del estado para aplastar cualquier intento de cambio en el poder.

No es lo mismo hablar para llegar a un acuerdo en el que todos traten de ganar, que disputar para imponer tus ideas y formas por encima de la del otro y a pesar del otro. Victoria y derrota.

No es lo mismo exigir votar sabiendo qué se vota, y que previamente nos haya llevado a un reflexivo proceso de toma de decisiones, que conducir a la gente a tomar drásticas decisiones en función de un sí o un no, como si la realidad se conformará en función de un lenguaje binario que no permite más que dos opciones. Una lástima que haya que explicarles a muchos que democracia no es elegir cada cuatro años al que te va a fustigar. Democracia debería ser elegir entre todos y todas nuestro destino en función de los intereses de todas, no de los que otros u otras digan que te permiten.

¿Por qué no comenzamos a pensar en soluciones que puedan servir para unir? Si reflexionamos, los fanáticos serán los que queden fuera de juego. Los que están utilizando al pueblo como fanáticos y fanáticas son los que se manejan bien en la sinrazón de la fractura.

Mucho me temo que mientras las bases se baten en el cuerpo a cuerpo por la defensa de ideales puros, aunque estos ideales no estén en la agenda de los que negocian el conflicto, la cúpula esta batiéndose en función de los posibles réditos político electorales (sea cual sea el ámbito futuro de la elección), que les sitúe en una buena posición de salida en esa carrera económico-electoral a la que siempre nos tratan de hacer ir como borreguitos sin pensar.  Como siempre, los sillones cómodos del poder nublan la vista impidiendo ver los problemas del pueblo.

Creo que la solución, en definitiva es buscar una salida pactada al asunto en el que la gente, con un tiempo prudencial de reflexión y debate, hable del tema con calma, analizando los escenarios reales actuales y futuros. Porque hasta ahora se han estado esgrimiendo mentiras sobre esos escenarios pintados difusos por ambas partes, sin escuchar a las personas divergentes y sus necesidades. Hasta ahora solo se han escuchado imposiciones por las dos partes, y lo que es peor, se está incrementando el odio y el miedo en la sociedad que se fractura. Por eso este diálogo por al que apuesto, debe ser claro, y por supuesto recogiendo a todos y todas, incluyendo a “los olvidados por el sistema”. Y por supuesto tiene que establecerse un espacio amplio en el tiempo para que puedan sanarse las más sangrantes heridas, esas que están ahora supurando líquido rojo en forma de gritos: “¡A por ellos! ¡Yo soy español!” o la hasta hace poco habitual “España nos roba porque los andaluces (por ejemplo) son unos vagos a los que les damos nuestro dinero para no trabajar”. Derribemos los muros de intolerancia construidos con palabras, tópicos y mentiras.

Y ya puestos a pedir, qué tal si comenzamos a ver qué este sistema representativo que no representa más que al capital y a sus marionetas necesarias, no es la solución, más bien es parte del problema. Qué tal si comenzamos a ver qué otra sociedad más Justa es posible si todos y todas nos unimos en un proceso de ruptura con la desigualdad. Ya puestos y si vamos a comenzar una revolución, al menos cambiemos los términos de esta estafa en la que siempre pierde la mayoría, para convertirla en un proceso real en el que todas y todos salgan beneficiados, o al menos en el que nadie quede fuera; porque al final las personas que ahora gobiernan y mandan sus ejércitos contra el pueblo, o los que se esconden tras la ciudadanía alzada en la lucha para no resultar heridos, siempre tratarán de mantener un sistema de privilegios y privilegiados convenciendo al resto de que sus leyes son mandatos divinos de un dios llamado Capital.

Diálogo y Revolución.

La realidad se muestra en colores

GOBIERNOS PIRÓMANOS

Cataluña y España, una silenciosa lucha de arrogantes políticos

Estamos asistiendo desde hace unas semanas al comienza de una batalla de gallos, esa que se celebra entre raperos para ver cómo uno es más efectivo en sus rimas que el otro. Una batalla en la que, rodeado de incondicionales, los políticos de turno lanzan consignas nacionalistas que separan e incendian al contrario y a sus certezas políticas, en algunos casos incipientes y redimidas.

Habría que preguntarles a estos que defienden ese alzamiento de muros en torno a sus palabras, si acaso hace muy poco tiempo no eran colegas de recortes, si no se copiaban ambos del método para llevar a cabo el expolio a la ciudadanía, a esa misma que ahora dicen defender e interpretar. ¿No son estos políticos los mismos que se abrazaban hacen pocos meses como amantes de conveniencia? Al verlos ahora, sinceramente, me da impresión de asistir a una pelea de amantes despechados que se recriminan mutuamente errores que compartieron, como si existiese la mancha de la culpa solo en la solapa de la chaqueta de uno de ellos, que los mostrará cómo personajes con mácula y repudiados por la otra parte, aunque la realidad y la historia los presente como simples mercaderes de la miseria popular. Habría que indicarles que llamarte a ti mismo puro no limpia las impurezas que te rodean, por más que las ideas megalómanas de algunos les hagan no mirarse al espejo.

En torno al derecho a decidir se unen muchas personas, aparte de demócrata parece moderno, pero la pregunta que habría que hacer es: ¿hasta dónde llegan esas ansias de que el pueblo meta la papeleta en una urna (sea del material que sea, que hasta en los materiales que la conformen hay cierto elitismo electoral)? Porque no he escuchado por parte de ninguno de estos demócratas de cartón, o de vinilo que es un material más puro para expresar ideas en nuestro sistema, que se lleven a cabo un referéndum por los recortes, o por los cambios exprés de la Constitución para favorecer a bancos extranjeros, o para que podamos expresarnos libre y directamente acerca de nuestra educación.