Icono del sitio Paseante Tartésico

APLAUSOS

Los aplausos llenaban las calles. Ya no se oyen.

Recuerdo haber asistido durante semanas, desde mi balcón, a una especie de concierto maravillosamente caótico en el que el entrechocar de palmas conformaban una especie de sinfonía de la solidaridad, y en el que músicos y espectadores se mezclaban en una simbiosis social que llenaba de orgullo a cualquiera de ellos, sabedores de que se estaba participando de algo grande como era dedicar esa escandalosa melodía a unos héroes, así los llamaban, que estaban dejándose la vida por salvar a todos. Asistí atónito a la realidad que se abría frente a mí y que como una ola de frescura llenaba una sociedad que, hasta hacía bien poco, se mostraba bastante insolidaria ante los problemas de los demás. 

Durante muchos días pude comprobar como la gente acudía puntual a su cita con la ventana, como en una especie de ritual en el que una gran parte de la ciudadanía participaba y que servía para reconocer la labor de esos profesionales de la salud que se la estaban jugando y por la que, según comencé a escuchar, no estaban siendo bien pagados, incluso se hablaba entre susurros, de maltrato laboral. Aplaudir no solo se convirtió en una moda, sino que por primera vez desveló que más allá de lo que siempre se había vendido, la realidad que se había mostrado con toda su rudeza, hizo que muchas personas descubrieran como el maquillaje con el que nos habían presentado la sanidad pública, no era más que eso, polvos y cremas en forma de palabras y comunicados ministeriales de prensa encaminados a esconder la realidad de un cuerpo en descomposición. Nos dijeron que había músculo cuando en verdad no había más que aire. Hacía tiempo que ese cuerpo cubierto de una reluciente armadura simplemente escondía un esqueleto cubierto de una fina capa de piel, incapaz de hacer frente a la terrible guerra que se nos avecinaba, en la que los caballeros de la guerra ya nos habían comenzado a atacar para no dejar rehenes. No había cuartel, así como tampoco había humanidad en el enemigo que no esperaría a que las defensas tuvieran la consistencia debida. 

Nos habían engañado, pero qué paso. Nada. Los directores de orquesta comenzaron a improvisar alimentando esa obra sinfónica a la que poco a poco sumaban a cada vez más personas. El único muro de contención posible era el que la ilusión y la unidad podían crear. Fanfarrias se lanzaban desde los púlpitos políticos, animando a tocar, más fuerte si cabía, palmas y más palmas, como si eso por sí solo pudiera servir para ahuyentar al enemigo invisible. Y no lo ahuyentaron porque el convencimiento y la firmeza de la percusión humana dio paso a la monótona participación en la melodía de la solidaridad, llevada por el cansancio de tener que soportar a decenas de directores de orquesta que trataban de conducir sinfonías con el mismo nombre pero con partituras diferentes. 

La monotonía dio paso al hastío producido por saber todos que se encontraban ante una guerra en la que sabían que iban a perder. Cada vida que nos deja es una derrota, y ante tantos muertos las manos pesan y el cansancio nos puede, porque tantos días sin solución llegan a agotar la capacidad de esperar un destino mejor. Durante el camino se levantó tanto polvo que ahora nadie sabe bien por dónde caminar, porque no hay nadie que indique cuál es la dirección y el rebaño se pierde.

Tanto tiempo tratándonos como a ganado, como a ovejas sumisas que aceptan las decisiones de sus pastores sin rechistar, han conseguido que consigamos creernos ovejas. No somos más que ovejas decidiendo cuál es el pastor, pero ¿acaso un pastor no es un pastor y tiene un oficio?, esquilar la lana y ordeñar ubres para que otros las disfruten.

Ahora me asomo por la ventana y nadie aplaude. Ya no es necesaria la sinfonía. Nos hemos acostumbrado a las cifras de fallecidos que nos muestran los medios, y lo aceptamos porque en el paradigma de la realidad que nos rodea eso se ha hecho habitual. Ya esos héroes de bata han dejado de serlo para pasar a ser simples soldados de la maltratada sanidad que tenemos, mostrada ahora sin maquillaje, en su más pálido rostro demacrado por las decenas de horas sin descansar y por la falta de alimento. 

Ya no resuenan las palmas como tambores llamando a la guerra. Hemos asumido que no eran héroes ni heroínas, eran trabajadores y trabajadoras que realizaban su cometido sin medios, y al haberles arrebatado ese halo de superioridad que da el realizar actos de valor inasumibles por la mayoría, en realidad los hemos llevado a la terrible realidad de abandono que nunca los abandonó, que era su realidad, la de la sanidad pública en manos de ladrones de su sustento. 

Ya nadie grita por la sanidad pública todos los días a las ocho de la tarde, tal vez porque ya se ha dado cuenta la gente que atrás quedó la hora de gritar. Debería ser hora de que todos nos convirtamos en esos héroes y heroínas que saltan a la calle para recuperar todo lo robado, incluida la dignidad. Ya es hora de dejar de ser corderillos sumisos a la espera de que les pastoreen, de que les digan lo que pueden ser porque cordero u oveja solo podemos aspirar a pastorear cuidados por un hombre verdadero y su perro. 

Ya es hora de luchar por una sanidad que no deje morir por falta de medios a las personas, que proteja a los que están en primera línea pertrechados con débiles escudos de papel. Ya es hora de reconocer que no queremos héroes ni heroínas de las batas, que simplemente se necesitan medios que darles a esos trabajadores y trabajadoras. 

 Y es que tras el silencio atronador de los balcones, deberíamos haber aprendido que el enemigo tiene un gran aliado, la insolidaridad, el miedo y la sumisión, y también debiéramos habernos grabado a fuego que entre todos y todas podemos conseguir salir de esta cambiándolo todo, porque volver al mismo punto de partida sin cambiar de meta simplemente nos llevaría a repetir esta misma carrera en la que nosotros siempre perdemos y otros se llevan la medallas y los discursos.

Ya no pido palmas en los balcones, ahora pido gritos en las calles.

Salir de la versión móvil