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El paso del tiempo

El mar

Al levantarse percibió el crujir de su cuerpo, era un sonido que le recordó a la madera de un viejo barco que ha cruzado mil mares sorteando olas hasta llegar a buen puerto, pero en su caso no había puerto ni había olas, solo años acumulados en sus huesos. Nunca se había percatado de su edad ni de que comenzaba a hacerse viejo. Nunca había sentido el peso de los años, de hecho jamás hasta ese momento había entendido esa frase, pero en aquel instante supo perfectamente lo que significaba.

La mañana era fría, lluviosa. Podía distinguir nubes grises, casi negras, a través de la ventana y eso en cierta forma le reconfortaba. Siempre le había encantado escuchar el sonido de las gotas de lluvias al estallar contra la transparente superficie. Comprobar el recorrido de las gotas sobre el cristal le divertía. Tratar de averiguar el trazado de agua era siempre agradable y reconciliador, toda una metáfora de su vida porque al igual que esas gotitas nunca había sabido en que punto terminaría cualquiera de las aventuras en las que se embarcaba, siempre existía un recoveco inesperado, un giro que tomar aunque el camino recto siempre es el más rápido. Al final en su cristal se vislumbraba un mapa acuoso que mostraba un acertijo de vida al que nunca encontraría el sentido.

Esa mañana era especial. Por primera vez en muchos años no tenía que madrugar, no tenía una obligación contractual que le hiciera levantarse temprano. Lo habían despedido, o como ellos, sus jefes y los firmantes del acuerdo, decían, lo habían prejubilado. Ya no era útil para la empresa que prefería dejarlo en casa pagando una buena suma de dinero antes que tenerlo en su oficina ejerciendo esa labor por la que había sido contratado hace ya más de cuarenta años. Media vida tirada a la basura fue la primera idea que se le vino a la cabeza cuando escucho por primera vez ese maldito crujir de huesos en esa misma mañana en la que con calma se levantaba sin un objetivo marcado.

» Levantarse – ducharse – desayunar – correr para no llegar tarde – entrar en el trabajo – ocupar su asiento – recibir clientes».

Todo a la basura.

Era la primera vez en mucho tiempo que pudo relajarse delante del televisor. Las noticias que veía no le gustaban, mostraban una realidad plagada de malos augurios para una sociedad perdida, sin rumbo, pendiente de las inclemencias de un mar llamado economía en el que solo los viejos lobos de mar sabían manejarse y en el que la mayoría simplemente eran grumetes o marineros que debían acatar las órdenes. Apagó el aparato, terminó su desayuno y se fue a la calle.

Comenzó a caminar de forma apresurada hasta que se dio cuenta de que no tenía ya un rumbo fijo, no tenía un destino al que llegar en un tiempo determinado, así que ralentizó su paso hasta convertirlo en una ola que muere al llegar a la playa. Pausado, calmado, relajado. Ese día aprendió a mirar a su alrededor observando lo que le rodeaba. Alzó su vista hacia los tejados sin miedo a tropezar. Pudo contemplar a las personas que pasaban a su lado para atisbar detalles que nunca antes había percibido. Encontró sonrisas que nunca antes habría logrado ver porque cuando se camina con prisa se pierden los gestos. Esa mañana fue consciente de muchas cosas, como la de que su soledad no era más que el resultado de su prisa por vivir, de la falta de tiempo para apreciar los detalles y sentimientos. Sus prisas por avanzar en la empresa habían marcado su camino que no le llevó a la meta, o tal vez en realidad había estado durante años jugando a un juego en el que otros marcaron las normas y nunca se las mostraron. Tal vez había cruzado la meta y no lo sabía.

Esa noche tardó en dormir. Volvió a decirse que no había nada que le obligara a madrugar y por lo tanto, a irse a la cama pronto. Se sentó delante de su nuevo aparato de televisión de sesenta pulgadas, pagado con una pequeña parte de su última nómina que incluía la compensación por su despido, y la encendió. No duró más que unos instantes, el tiempo suficiente como para percatarse de que las noticias en un mundo tan acelerado, no diferían de las que había escuchado esa misma mañana. Las mismas desgracias, los mismos temas, narrados de diversa forma, pero en definitiva el mismo argumento y protagonistas. Optó por un libro y lo devoró. Hacía tiempo que no disfrutaba leyendo, tal vez por esa misma falta de tiempo que le hacía estresarse cuando no empleaba sus minutos en algo rentable para la empresa o para su formación para la empresa. Al final se dio cuenta de que había asimilado eso que algunos jefes habían proclamado como verdad absoluta:

«¡Tú eres empresa!»

Y como tal había actuado durante cuarenta años. Su vida estaba destinada a hacer grande a la empresa, lo cual pasaba por encima de cualquier otro sentimiento. Los beneficios de los inversores y accionistas era el santísimo credo que seguir, la duda no era posible, solo se permitía en aquella religión acatar las normas.

Durante varios días pudo escuchar ese crujir de huesos al levantarse que le marcaban que un pesado día sin rumbo se iniciaba. Se puso las zapatillas y lo sintió. Aquella mañana era especial. Se levantó exultante. Había decidido visitar de nuevo su antigua oficina. Algo en su interior le decía que al verlo llegar se arrojarían a sus pies para suplicarle que volviera. Él sabía que su dedicación durante tantos años tenía que tener una recompensa más allá de la entrega de una suma de dinero con la que pagarla. Él sabía que en la empresa lo querían, le tenían aprecio… lo necesitaban.

Al llegar la noche, tras una mañana esclarecedora en la que no había podido pasar más de cinco minutos en su antigua oficina porque ya no conocía prácticamente a nadie, y porque los que conocía no dispusieron de tiempo para atenderlo, se dio cuenta que de que en realidad era él el que necesitaba creer que aún era útil para la empresa. Fue un baño de realidad.

Esa noche solo pudo dormir tras devorarse una de esas novelas de la juventud que encontró. Mientras leía pudo regresar a ese pasado y recordó esos primeros días en los que le costó mucho levantarse de su cama. Fue consciente de que los huesos también los sentía en aquel tiempo. Recordó como ingresar en aquella corporación no formaba parte de sus objetivos y chocaba con sus sueños de aventura, de libertad. Desde niño siempre había deseado recorrer mundo, visitar culturas diferentes, conocer países, enamorar mujeres en una especie de amor de verano que traspasaba cualquier estación en la que se encontrarse. No quería atarse a nada. Recordó como poco a poco el tiempo avanzaba y los sueños se quedaban hasta que un día desaparecieron junto a su sonrisa perenne. Rememoró el día en que renegó de su pasado al incorporarse a su nuevo despacho y sus nuevas obligaciones que le exigían estar disponible todo el día, pero que a cambio y como compensación le permitirían pagarse todo tipo de aparatos con los que abstraerse de la realidad que le rodeaba, y para la que no tendría tiempo porque todo el tiempo lo devoraría su empleo. «Sin pensar y solo obedeciendo se vive bien», le dijeron sus amigos, que igualmente estaban inmersos en la búsqueda de una oportunidad como la que a él le había llegado. Le costó volver a la lectura y abstraerse de sus pensamientos. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por regresar a unir palabras y reconstruir el mundo que le brindaba el autor de la novela que trataba de leer.

No recordó lo soñado, pero una pregunta lo asaltó al despertarse: ¿En qué momento había dejado de vivir? Por primera vez en años era consciente de ello. Él no había vivido, el llevaba años sobreviviendo a la espera de un nuevo ascenso que le proporcionaría aun más dinero para comprar y comprar objetos que le alejarían de esa realidad en la que vivía. Compraron su tiempo con juguetes. Su empresa… o la de los otros, como empezó a percibirla, no era más que una secta en la que había entrado sin rechistar, abandonándolo todo, dejando atrás sus sueños que es lo último que un ser humano debiera abandonar.

La lección le había llevado años aprenderla, pero por fin lo logró. Esa mañana al oír sus huesos pensó en el estruendo de un mar libre chocando con el acantilado, una y otra vez, hasta conseguir derrotar a la piedra y horadar su firmeza. Ya no había más miedo ni desesperanza. Por fin tuvo claro que florecía un objetivo en su vida, volver a perseguir sus sueños de juventud. Volvía a sentirse libre para pensar y sentir.

Esa mañana dejó su teléfono en casa, para qué lo quería si nadie lo llamaba y estaba cansado de malos entendidos por las redes sociales, quien quisiera ya sabría donde encontrarlo, y si no lo sabía es que igual no lo conocía lo suficiente o no tenía interés. A paso lento, calmado, disfrutando de cada minuto, fue observando lo que le rodeaba. A cada metro que avanzaba por la calle, las imágenes se volvían más reales, como si hasta ese momento hubiesen estado difuminadas. Las personas cobraban sentido conforme las saludaba. Se detuvo delante de un pedigüeño que de repente tomó forma de ser humano, hasta entonces nunca los había mirado a los ojos, simplemente trataba de apartar la vista de esa imagen que le producía una sensación que no sabía reconocer. Ahora lo sabía, sentía vergüenza porque sabía que formaba parte de ese sistema que permitía que personas no tuvieran ni lo más básico para que él, y otros como él, pudieran tener mucho, o al menos lo bastante como para no vomitar al reconocer su verdadero ser. Ese día se detuvo con ese mismo que siempre le quería vender unos pañuelos de papel en el semáforo. Tras un rato de charla fue consciente de que ese hombre sentía y agradecía que alguien se hubiera parado a hablar con él porque casi todos los días se sentía solo. No aceptó el billete que le quiso dar, porque a un amigo no se lo aceptaba.

Por fin había aprendido a vivir.

Dicen los que lo conocían que un buen día, con la sonrisa que lo caracterizaba en los últimos tiempos, desapareció sin dejar rastro. Se marchó y nunca más volvió, ni siquiera a la fiesta que le organizaron en la empresa junto al resto de empleados prejubilados al llegar la jubilación, fue el único que faltó.

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