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LA PLAZA DE LA CONSTITUCIÓN.

Onuba es un pequeño pueblo con varias plazas con vida propia y con un cierto escalafón social que todos conocen. En el pueblo el clasismo forma parte hasta de sus calles. No es que esas plazas sean su mayor atractivo pero como en casi todos los lugares pequeños y sin demasiadas cosas que ver, estas conforman parte de su geografía, de la que todos sus habitantes se enorgullecen. 

La que más llama la atención de todos es la Plaza de la Constitución. Es la principal. Dentro de los edificios que la rodean está el Ayuntamiento, que la preside orgulloso con sus banderas al viento y sus balcones, siempre repletos de personajes importantes en sus días más importantes. Normalmente solían traer a personas foráneas, a VIPS como así los llamaba el equipo de la alcaldía, para leer el pregón por las fiestas, y por supuesto siempre se encontraban flanqueados por el Alcalde y toda la cúpula del partido, pertenecieran al consistorio o no. El balcón principal del Ayuntamiento era como uno de esos palcos del Bernabéu en lo que todo negocio es posible, y como si quisieran presumir de ello, o tal vez porque el último lugar en el que la gente se fija es el más evidente, todos los que asistían desde la plaza a esos momentos de grandes fanfarrias, aplaudían orgullosos por la importancia que estaba tomando el pueblo, sin percibir los negocios que estaban comenzando a nacer en esos momentos.

Al lado opuesto de la Plaza se encontraba el antiguo teatro. Un edificio sin uso y cerrado que apuntaba ruina, al menos eso decía el alcalde y dueño del local, esperanzado en que le permitiesen demolerlo algún día y librarse de tener que respetar la estructura exterior protegida ya de paso. Era el símbolo de la cultura que un día existió en Onuba, cuando algunos habitantes del pueblo se reunían en torno a cualquier actuación y debatían sobre ella, sobre los componentes técnicos, el nivel actoral o sobre el mismo texto. Hacía mucho los antiguos dueños ya apuntaron a la demolición del edificio por su imposibilidad de mantener aquellas paredes, algo que el padre del actual alcalde, o su abuelo, habrían deseado antes de comprarlo, verlo derruido y comprar el terreno sin historia, pero no pudo ser posible, primero porque los dueños se negaron a venderlo tras descubrir el séptimo arte y lo fácil que podría resultar transformar su local en multidisciplinar, como así les dio por llamar a su sala los dueños del edificio y verdaderos adelantados a su época, y sacar el suficiente beneficio para reinvertir en ladrillo y electricidad. Con el paso del tiempo y la competencia de los videoclubs, la solvencia económica de Juan y Laura, los propietarios, se vio disminuida en gran medida, algo que con la irrupción de internet terminó por verse definitivamente abocada a la venta del edificio. Internet y sus “trampas” ayudaron a que por fin el alcalde de Onuba lograra su mayor sueño, hacerse con lo que más ansiaba su familia, el teatro; ese lugar en el que los pobres se igualaban a las familias de bien del pueblo. Lo que nunca pudo imaginar la familia Villegas es que tras la adquisición no podría hacer nada con el Teatro por una reciente catalogación del local multidisciplinar como Monumento Histórico-Artístico que le impedía derribarlo para construir algo realmente beneficioso económicamente, pero fundamentalmente para derribar la imagen de un edificio que le hacía recordar a la familia la derrota de otro tiempo en el que los apellidos si contaban. En la actualidad el teatro no es más que un edificio abandonado a la espera de que el estado lo arregle, o de que se caiga a pedazos víctima del abandono de su dueño, que no de la historia que sigue viva en sus muros.

El resto de edificios en la plaza porticada eran viviendas particulares de familias de rancio abolengo en el pueblo, la altura no sobrepasaba los tres pisos. El bar de Paco era el único local comercial permitido en los bajos, fundamentalmente por las sillas y mesas que instalaba en verano al atardecer en la plaza y que servía para que muchas familias acudieran como mosquitos a la luz, lo cual le reportaba bastantes puntos en los índices de popularidad al alcalde y su partido, aparte de las copas e invitaciones no pagadas o con cargo al presupuesto del ayuntamiento como gastos de representación. Cuántos votos cambiaron de color en los últimos días previos a las votaciones locales.

En los bancos que rodeaban la plaza se sentaban normalmente los jubilados del lugar, o los desempleados que disponían de tiempo libre. Era gratis hacerlo. Al alcalde y sus concejales ver ese espectáculo de personas a las que consideraban vulnerables, les hacía sentirse importantes porque sabían que en sus manos estaba contratar viajes de ocio, o contratar a esos que allí estaban, con el consiguiente proceso de sumisa humillación que suponía tener que ir a la oficina del concejal de turno, o en algunos casos del alcalde cuando era alguien que se había significado demasiado en sus críticas o apoyos, en ambos casos suponía una adhesión incondicional a la causa, su causa, la del alcalde y el partido, que se media en dinero y poder. Por la tarde, cuando solo el policía local de turno permanecía de guardia, eran algunos chicos y chicas del pueblo los que acudían allí para llevar a cabo su conspiración o su revolución. Procuraban ser imitadores de lo que veían en los telediarios y que había sido tildado como 15M, algo que a esos jóvenes les atrajo porque les permitía darle sentido a sus quejas y anhelos. El policía de turno siempre tenía una consigna: A la primeras de cambio hay que echar a esos perroflautas; pero eso nunca pasaba porque nadie los veía como un peligro para nada, salvo Paco que veía que ninguno de esos consumía y que sólo entraban en su bar para visitar el aseo.

En los últimos tiempo de abandono del pueblo, en los que cada vez quedaban menos habitantes, que huían de mano de las oportunidades que desaparecían, los distintos escenarios públicos comenzaban a perder sentido. Uno de ellos era el kiosco musical que ocupaba el lugar contrario al bar de Paco. ya no había banda que echarle, ni las orquestas que traían para las fiestas cabían con toda su infraestructura en un espacio demasiado pequeño. Allí se encontraba orgullosa la estructura a la espera de una mejor vida, tal vez la que comenzaba a despertarse con ese revolucionario movimiento y que lo usaba a modo de escenario de los grandes discursos pronunciados en cada movilización replicada, porque los jóvenes de aquel pueblo eran conscientes de que la revolución tenía que ser global, y por lo tanto debían ocuparse de lo universal fundamentalmente más que de lo local; algo que no tardarían en darse cuenta de que no era exactamente así.

Y la vida en Onuba continúa…

Por Diego Rodríguez Toribio. Huelva

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