El 8 de Marzo pasó otro año más. Estamos ya en otro día, ¿y ahora qué? Banderas, manifestaciones, reivindicaciones que a veces se pierden entre polémicas televisadas acerca de la situación real de la mujer. Militantes de cartón piedra, muy morada eso sí, que ahora dicen lo que hay que hacer cuando nunca se les vio hasta que no consideraron que la moda merecía la pena. Otras por el contrario llevan luchando desde hace décadas por el cambio de forma activa hasta haber conseguido que el 8M adquiriera nombre de mujer y que ya no pase desapercibido este día porque cuando llega se remueven conciencias.
En esta entrada he tenido que decidir en qué se posa mi atención de paseante y hoy lo hace en un grito, en ese “¡Sola, borracha quiero llegar a casa!” que llenó muchas calles como un cántico joven que rompía las normas establecidas y atacaba la corrección social estipulada, justamente lo que siempre ha sucedido con los lemas que han comandado las manifestaciones en busca de atención mediante su mensaje pegadizo. Para muchas personas escucharlo es una pedrada, algo que les inquieta porque se sale de las formas aceptadas. No entienden que haya que ofender a nadie para cambiar algo, o que haya que usar palabras o dibujar escenas mentales que vayan contra lo socialmente normalizado y establecido. Es esa misma reacción que se tiene ante gritos como: “¡Obrero despedido, patrón colgado!”, porque parece que se llama al ajusticiamiento aunque aún no se haya colgado a nadie ni se piense siquiera en ello; pero entramos en el ámbito de la sociedad políticamente correcta hasta para luchar. La pregunta que habría que hacerse es la de por qué, por otro lado, se brinda cierta manga ancha a otro tipo de comentarios que, aunque se muestren muy políticamente correctos desde el punto de vista formal, sí tienen una repercusión nefasta en la vida real. Les invito a tomar cualquier programa electoral para que comprueben como de un modo correcto nos mienten y lo aceptamos sin problema. Tal y como lo veo, a veces nos quedamos en la pura forma sin tratar de llegar al fondo, porque eso nos llevaría a realizar un verdadero esfuerzo mental que podría repercutir en el armazón con el que hemos afianzado nuestra sociedad, y eso da miedo porque si tenemos un mínimo de conciencia social provocaría que tuviéramos que movilizarnos y salir de esa comodidad que la aceptación del sistema nos ha regalado a cambio de no pensar.
Cuando escuché por primera vez ese “¡Sola, Borracha quiero llegar a casa!”, gritado por parte de una serie de jóvenes en mitad de una manifestación, la primera sensación que tuve fue la de que me parecía un gran grito de guerra tras el que se escondía mucha profundidad. No tuve dudas de lo que se pretendía reivindicar, pero al día siguiente, al caminar por las calles de esta Tartesos mía, pude escuchar a algunas personas que hablaban de ello y se sentían ofendidas. En resumidas cuentas estaban ofendidas ante lo que consideraban todo un alegato a la borrachera y el libertinaje. Veían a aquellas jóvenes como a unas depravadas que reclamaban la posibilidad de emborracharse como símbolo de igualitarismo con el hombre. Un mensaje tan profundo como el de la igualdad, devaluado hasta quedar en una simple cuestión de diversión, todo quedaba enterrado en ese “borracha”. A las personas que se escandalizaban ante esta palabra me las imagino evocando imágenes de chicas tiradas en el suelo, medio vomitando y desastradas, mostrando las piernas hasta más allá de lo púdico para ellas, al igual que probablemente entrarían en ese cuadro la visión de algún pecho fugaz. Una imagen que no sería nada atractiva y que además se mezclaría con la posibilidad de que pudiera llegar alguien a “jugar” para terminar aprovechándose de esas pobres descarriadas. Algunas incluso verían en esto la propia invitación por parte de ellas a ser embestidas por algún desalmado que, no pudiendo contenerse ante las carnes desparramadas y la mente frágil de cada joven y ebria muchacha, podría optar por violarla. Ante esta visión y el mensaje que escucharon, lo normal (expresión que odio pero que refleja un modo de pensar) no es lo que ellas cantaban en la manifestación, lo normal sería haber prohibido un mensaje imprudente porque todos saben que una chica vuelva más segura en taxi o acompañada de un joven protector o de un grupo de chicas (¿y qué le pasará a la que quede última, será la que coja el taxi para no ir sola?). Aunque parezca exagerado, esto es lo que pasa por la mente de una gran parte de la sociedad que ya tiene aplicados roles de género a los diversos hábitos sociales, que al final son parte de esos roles de género aceptados, y curiosamente eso es de lo que hablo, de violentar con estos cánticos ese constructo social.
Para esas mentes, más criticonas que críticas, estamos hablando de un escándalo de niñas a las que les ha dado por el feminismo, como si el resumen de toda la lucha de las feministas fuera ese, poder emborracharse en una especie de moda en la que hay que gritar eso como gran símbolo de la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad de emborracharse per se. Ante esto no puedo llegar sino a preguntarme si realmente hay algo en lo que se falla cada vez que salimos a la calle a reivindicar un derecho, que a pesar de poner mucho tiempo a disposición de una causa, hay quienes se quedan tan solo en algún termino y no son capaces de llegar al fondo de lo que se está diciendo.
¿Tan difícil es de entender que lo que se está pidiendo es igualdad de derechos?, pero más allá de todo esto, hablamos de la libertad y del miedo. ¿Realmente nos hemos parado a pensar la realidad que se esconde tras ese pareado? Mucho me temo que en muchos casos se ha asumido que hay una mitad de la población que tiene que tener cuidado en lo que hace, pedir poco menos que permiso para poder hacer lo que la otra mitad no tiene problemas en hacer. Hemos asimilado un modo de pensar que nos lleva a normalizar que una joven tenga que ser acompañada por hombres para poder hacer algo tan simple como llegar tarde a su casa, más que nada porque es peligroso no hacerlo. ¿Hemos valorado lo que esto significa? Si abordamos fríamente el debate estamos hablando de que en pleno siglo XXI y en una sociedad que llamamos desarrollada, la mitad de la población, que es más o menos el número de mujeres que hay, corre peligro. Y algunos dirán que esto es un poco exagerado, pero lo cierto es que asumimos que mientras unos podemos salir a la calle de cualquier modo y regresar igualmente de cualquier modo, otras deben aceptar la posibilidad de ser agredidas por el hecho de poseer un coño (dejémonos de ese bien hablar con eufemismos para decir lo que queremos decir), ir vestidas con faldas cortas o ir con dos copas de más ¿Es esto normal en una sociedad que habla de igualdad y derechos?
¿Tan difícil de entender es que actualmente hay mujeres que no tienen la libertad de ir por la calle a la hora que les dé la gana y como les dé la gana, sin tener que justificarse ni pedir permiso?
Personalmente, como hombre no he tenido problema en emborracharme cuando me ha dado la gana. De joven, cuando mi barriga no era algo más que incipiente, incluso podría ir sin camiseta sin tener que mirar quién me seguía. Nunca tuve miedo de salir de noche ni tuve que pedirle a nadie que me acompañara. Me sentía libre. Y ahora cuando me encuentro con que hay personas que no pueden sentir esto mismo, realmente me rebelo, entre otras porque si esa falta de libertad se encuentra en algo como es la posibilidad de desarrollar tu ocio, qué no será en otros aspectos importantes de la vida, pues me temo que es lo mismo. Hablamos de que hay personas que han perdido la capacidad, que les hemos robado la posibilidad de desarrollar una vida plena, tal y como yo la concibo. No es una cuestión de hacer lo que uno quiere, porque indudablemente yo no hago lo que me gustaría, pero se trata de no partir con la desventaja de tratar de avanzar encadenada. No es justo.
¿Tan difícil es de entender que este lema no es una frivolidad, ni le pertenece a ninguna organización, ni que tampoco ataca a nadie en particular? ¿Tan difícil es de aceptar que estamos consintiendo en mantener una sociedad en la que una parte vive privilegiada a costa de otra?
Cuando tras escuchar a las que critican este lema me pongo a pensar en la solución a todo lo que pasa, soy consciente que hablamos de algo muy complejo que lleva siglos ocurriendo. No lo podré solucionar, lo sé, he aprendido a tener que convivir con esa sensación de que no está en mi mano cambiar la sociedad, pero sé que entre muchos individuos podemos cambiar lo colectivo, y también sé que hablamos de que los grandes cambios vienen precedidos de un vuelco mental de cada persona. Si logramos entre muchas transformar conciencias, lograremos cambiar la vida. Al menos debemos tratar de que nuestras huellas por esta tierra nos muestren que caminamos hacia un mundo más justo.
Así que con este escrito trato de aportar un pequeño granito de arena en algo muy simple como es dar a entender que tras cada lema se esconde algo más que un capricho. Trato de hacer ver que ese “¡Sola, borracha quiero llegar a casa!” se esconde un mensaje que habla de igualdad, de libertad, de cambio y revolución, de no tener que pedir permiso ni atender a lo que otro considere correcto ni a los gustos de nadie. Este lema habla de ser una misma y que te dejen serlo. ¿Te parece poco profundo? Igual es hora de analizar la sociedad en la que vivimos. Ese es el reto, aunque lamentablemente, muchos de los que no lo entienden nunca entenderán nada, solo son capaces de mirarse al ombligo porque a ellos no les pasa o porque no entienden lo que realmente se está reclamando en frases tan simples pero que se convierten en cargas de profundidad a nuestras creencias cuando se gritan en la calle.
Así que, una vez que has entendido que hay mucho más de lo que se ve, si no te gusta lo que dice, no lo critiques y actúa con tus propias palabras, pero actúa. Queda mucho por hacer.

