CAZA DE BRUJAS

¿Qué sentiría ella? Fue acusada y encarcelada sin saber muy bien por qué, simplemente llegaron a su puerta, la derribaron y fue apresada. No le dieron otra opción. Por más que clamó en busca de una respuesta no la halló. Nadie estaba autorizado a hablar.

A las brujas no se le responde -fue la única contestación que recibió y sonrió al escucharla por la incongruencia que suponía que le dijeran que no le respondían mediante una respuesta a su pregunta, pero es que todo en aquel proceso era puro surrealismo, una pesadilla, como suele ocurrir cuando los que ejercen la justicia son tiranos camuflados de justos.

Directamente la llevaron a la mazmorra donde le pusieron los grilletes por miedo a que pudiera escaparse mediante un conjuro de esos que lanzaban las que eran como ella según afirmaban los que la acusaban. Las palabras de una bruja podían llegar a hipnotizar, y sobre todo, solían lanzar mensajes faltos de respeto a los que ocupaban un cierto rango en los que ellas no creían. En definitiva, para la Cúpula, la categoría de Bruja se usaba para describir a cualquiera que molestara, pero en la definición formal obviaban esto y se usaba el término de magia negra. La crítica era algo tan incontrolable para ellos como un hechizo del que no podían defenderse.

El juicio se celebraría, como no podía ser de otro modo, ese mismo día. Eran de tal calado las acusaciones que se vertían contra aquella mujer que debía celebrarse cuanto antes ese acto en el que se impartiría justicia. Ya se habían dispuesto los bancos que acogerían a los asistentes, que por supuesto serían personas de cierto rango y credibilidad en sus convicciones con la Organización, o para ser más exacto con la Cúpula que la gobernaba. La chusma quedaría fuera a la espera del veredicto para linchar a la que ya sabían culpable. La chusma al fin y al cabo era esa parte inevitable necesaria para la gobernanza. Los peones no contaban en aquella partida trucada, solo las figuras pintaban algo en aquel juego en el que la Cúpula dictaba las normas y leyes que mas le interesaran en cada caso, y en este lo tenían claro y tenía un nombre: la Hoguera.

Los alimentos en mal estado que ingirieron en una sus copiosas comidas provocaron finalmente que los que iban a celebrar el juicio cayeran rendidos en la cama, vomitando y con terribles dolores de cabeza. Se aplazó el espectáculo.

No tardó en correrse la voz entre todos los feligreses este nuevo acto de magia de la que iba a ser condenada. Muchos dudaban de la veracidad de los rumores pero ante los numerosos edictos enviados desde la Cúpula, los rumores tomaron forma y se creo una imagen muy clara de cómo la convicta desde su celda había invocado a los más temibles demonios para martirizar a los respetados jueces. Al no existir ningún documento oficial que avalara otra versión, se convirtieron en hechos probados el uso de la magia negra para el envenenamiento de los pobres y leales miembros de la Cúpula que iban a juzgar a esa sierva del diablo.

El contenido de esos rumores le llegó a la encarcelada casi por casualidad, se le escapó a uno de los guardias mientras le escupía a la cara -como se merecían las brujas según la tradición de los que las veían como enemigas de la Organización -. Sorprendida por la noticia fue consciente de que las acusaciones conllevaban una pena. La desesperación se apoderó de aquella mujer que trataba de expresar su inocencia. No había pruebas de nada. Era inocente. No paraba de gritar esperanzada en que alguno de los guardias se apiadase de sus lágrimas, pero no sucedió nada, nadie acudió a consolarla siquiera, más bien ocurrió lo contrario. Cada grito fue considerado por los captores como un atentado a los preceptos divinos de sumisión que, aunque al principio de la creación de ese ente no existían, con el paso de los años y aderezado por la corrupción de esos mismos preceptos originales, se vio necesaria para poder seguir manteniendo en el poder a toda la Cúpula con sus consiguientes bulas y prebendas.

Y así es como tratamos a las brujas aquí -Le pusieron un pañuelo en la boca para que no pudiera hablar y prosiguieron para que se enterara de qué iba ese juego al que la habían invitado sin que ella lo supiera –Aquí la justicia está en manos de los que crean las normas que son los que saben cuales son los preceptos a seguir. Si no fuera así, cualquiera podría destruir la fe. Ellos ya piensan por nosotros y saben lo que es bueno para nosotros. Si no sabes acatar, no mereces disfrutar de la protección de la Organización. El fuego te purificará el espíritu.

Tras la arenga el jefe de la guardia se marchó. Esa explicación debía bastarle a esa insensata que permanecía amordazada en el suelo. Hacía tiempo que en esa religión la cúpula tomaba las decisiones y filtraban todas aquellas cuestiones que consideraban herejías, sobre todo las que apelaban a que en el ente original no había ningún grupo de privilegiados que ocuparan un rango para gobernar según sus deseos. Atentar contra el estatus de los miembros de la Cúpula era castigado con el desprecio, la humillación pública, o en el caso de algunos miembros demasiado convincentes e incómodos, con el destierro o las llamas purificadoras de las hogueras.

Desde hacía mucho la Organización se había convertido en una secta, transformándose en pecado la disidencia.

Atendiendo a las enseñanzas iniciales muchos fieles se habían acercado y habían dotado de un gran poder a la Organización. El problema es que conforme se iba convirtiendo en una secta surgieron las incongruencias para los que creían en la libertad de las personas y en su capacidad de elección y decisión, tres de los mandamientos que dirigían los designios de aquel punto de encuentro de personas convencidas de la emancipación del pueblo en sus primeros momentos. La solución, llegado el momento, fue lanzar a todos los seguidores un nuevo edicto en el que se dictó que apelar a los mandamientos originales y a las normas establecidas significaría estar poniendo en duda a los líderes, y aquellos que osaran hacerlo serían condenados por herejes.

Los días pasaron. La bruja seguía encarcelada a la espera de la parodia que supondría su juicio. La hoguera ya se había apagado, y con ella habían ido surgiendo algunas llamas en otros lugares en los que otros fieles comenzaron a hacerse preguntas porque no les servían las explicaciones que les daban. A pesar de que se habían enviado mensajeros por todos los territorios para reafirmar la culpabilidad de la bruja, comenzaba a extenderse un rumor, cada vez con más insistencia, acerca de que la persona que había sido encarcelada había sido una mujer trabajadora y atenta con los problemas de sus vecinos. Hubo incluso voces que comenzaron a afirmar que su único crimen fue comenzar a trabajar junto a otros fieles aplicando remedios ancestrales que funcionaban y que desde la cúpula querían retirar hacía tiempo porque lo consideraban algo molesto a sus intereses, porque esas prácticas que rescataba la bruja les obligaba a acercarse a los fieles, y eso suponíatener que trabajar en los miles de problemas que les plantearan. Hacía mucho tiempo que habían abandonado la práctica de trabajar junto a los necesitados. Era más fácil gobernar con edictos sobre los que poco a poco se especializaban con la edición en colores de algunos, o la incorporación de imágenes aprovechando que algunos jóvenes habían traído esas técnicas modernas que les sirvieron para camuflar su desidia y descreimiento hacia el trabajo con aquellos que vivían alejados de la corte. La Cúpula, se consideraba tan cercana al más allá que no se quería manchar con el más acá, y por eso desde hacía mucho, había decidido que con oraciones bastaba. Curarían el alma y se dedicarían solo a eso, lo terrenal le sobraba y aquella mujer los estaba retando a regresar a los inicios de la ideología, cuando en la Organización habría sido impensable que pudiera haber quien ocupara el lugar de jefe, y en el que los cargos desplazaran las responsabilidades.

Por fin llegó el día. El Jefe de la guardia le lanzó un pergamino a distancia. A pesar de que seguía amordazada algunos días se la escuchaba gemir, se veía el fuego de sus ojos que exigían justicia y eso les molestaba a todos aquellos que se sentían cercanos a la Cúpula. Al jefe de la guardia siempre le surgía una duda, por qué esa bruja no aceptaba la fe que le ordenaban tener. Era simple: «Acepta, calla, y serás feliz. Otros ya se preocuparán por tu salvación». Cómo dudar de que eso fuera así si a la Cúpula siempre les había servido.

Le acababan de entregar la cita para su nuevo juicio. Al igual que la vez anterior no sabía por qué se la acusaba. No podría asistir ni siquiera a aquel acto de humillación pública para tratar de defenderse de lo que desconocía. Ella trataba de gritar por encima de su mordaza que eso era una injusticia, pero era absurdo a la vista de todos los que allí la observaban entre risas. Ellos sabían que una bruja como ella, si lo deseaba, podía defenderse simplemente acudiendo a la realización de actos de magia, y si no lo hacía sencillamente es que quería ocultar su ser maligno. Todos estaban convencidos de que ya los utilizó con anterioridad para envenenar a sus jueces.

La noticia del juicio llegó a todos sitios de manos de la Cúpula, que ya de paso se encargó de dar a conocer los motivos por los que estaba sentenciada. A la vista de los rumores convertidos en realidad, no se necesitaba escucharla durante el acto del juicio, ni tan siquiera era necesario que estuviera presente, ya que aquella pantomima no era más que una formalidad. Como en cada vez más ocasiones, la hoguera purificaría de malos pensamientos a los miembros de la Organización que con sumisión aceptarían la palabra de la Cúpula. Esa mujer no era la única a la que tenían en el punto de mira, y lo dejaban muy claro, no sería la última en pasar por el fuego purificador. Muchos agachaban la cabeza, no querían saber nada de aquello porque no estaban en esa Organización para luchar por ella, solo necesitaban una bendición por parte de sus jefes de vez en cuando, o disfrutar de alguno de sus maravillosos panfletos en colores que les divertían.

La sala, que se usaría para llevar a cabo el juicio sumarísimo más bien parecía un carísimo teatro, abrió sus puertas. Escasos espectadores pudieron acudir al linchamiento, algo que habían previsto necesario ante las últimas noticias que les llegaban con olor a revuelta. Tenía que ser algo rápido. La función debía terminar sin que se hiciera mucho ruido. Estaban en momentos de crisis, la mayor que nunca habían pasado desde que la Cúpula hubo obtenido el poder. No tardaron mucho. El veredicto: ¡Culpable! Estaba claro desde el primer momento que ese era el único destino posible para aquella bruja. Sería quemada de forma discreta para no llamar mucho la atención. En ese momento no interesaba levantar mucho revuelo, se ejecutaría la sentencia solo delante de los fieles que tendrían el privilegio de arrojar todo tipo de basura sobre su cuerpo para escarnio público y satisfacción propia.

Cuando la sacaron de la celda iba en silencio. Seguía amordazada. La subieron a la plataforma que montaron sobre la hoguera y una vez que estuvo bien atada para que no pudiera escapar, le quitaron la mordaza. Se oyó un grito que pudo escucharse más allá de los muros del cadalso:

¡Yo no soy bruja! ¡Qué crimen he cometido!

El público asistente se desesperaba ante la tardanza en iniciarse el espectáculo. Verla gritar en cierta forma les provocaba morbo, una satisfacción por el poder que sentían que les hacía permanecer sonrientes mientras comenzaban a jadear y a exigir entre gritos que comenzara el martirio de la bruja. Querían verla morir abrasada. Aquellos seres eran la reencarnación de todo lo que siempre se había combatido en los inicios de la Organización.

Entre el humo que la asfixiaba los vio sonreír, gritar extasiados por su sufrimiento. A sus ojos se desvelaba el verdadero rostro de la secta, el del diablo al que habían combatido y que ahora se encontraba entre ellos como un aliado más, como el jefe de la orquesta que hacía sonar al compás una demoníaca sinfonía de sumisión. Mientras su sacrificio llegaba a su fin, ese fue su último pensamiento.

Lo que jamás esperaban aquellos señores fue que, tras terminar su satánico rito sectario con el que esperaban haber callado la disidencia, muchos de los que asistieron a ese acto atroz decidieron no seguir bailado al son de la Cúpula. En las historias que fueron corriendo de boca en boca se narraron como la injusticia y la mentira de los que se habían hecho llamar hasta entonces hombres sagrados, eran más bien el símbolo de la corrupción de una ideología y había que derrocarlos.

Ante los altercados, muchas más mujeres fueron acusadas de bruja y llevadas a las llamas. Inocentes mujeres que no habían hecho nada más que pensar libremente y actuar según su conciencia. Lo que nunca pudo intuir la Cúpula fue que su pueblo, sus fieles, comenzaban a pensar por ellos mismos y dejaron de asistir a esos actos de sumisión en forma de misa en los que al final alguien les decía lo que pensar. Fue tal el clamor que la Cúpula cesó la caza de brujas porque con ella, en vez de amilanar, envalentonaban a los que habían estado callados. Las revueltas dieron luz y se fueron desvelando los desmanes de la secta. Al final muchos se atrevieron a contar sucesos que se habían mantenido ocultos. La transparencia por fin dejó al descubierto que ya nadie quería dioses ni cúpulas, querían justicia, exigían ser ellos los que pudieran decidir sus destinos sin miedo, sin que nadie los atemorizara. Ya no hubo hoguera lo suficientemente grande para quemar los deseos de libertad del pueblo que acabo derrocando a los que habían envejecido y pensaban morir siendo adorados en su Cúpula mientras se vendían al diablo.

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