LA GUERRA INVISIBLE

Llevo unas semanas recibiendo llamadas de gente desesperada por diversos motivos. Personas buscando a alguien que pueda aportarles soluciones imposibles de urgencia a problemas que no son nuevos, que vienen de atrás y los han dejado aparcados porque milagrosamente pensaron que se arreglarían sin hacer nada.

Lo primero que me surge al recibir esas llamadas desde números desconocidos es una pregunta, ¿y no habría sido más fácil movilizarse para solucionarlo antes esperar agonizantes el final del calvario? Evidentemente la respuesta es sí, un sí rotundo, pero lamentablemente me temo que mis interlocutores, en una amplia mayoría no lo ven, no están preparados para afrontar este tipo de situaciones como las que me cuentan y que se salen del guión aprendido a lo largo de su existencia. Nos hemos habituado a mantener una vida en la que existen unas normas que procuramos seguir para continuar por el camino que nos han enseñado, confundiendo vivir con sobrevivir. Toda nuestra educación nos prepara para que no existan aventuras, y mucho menos a partir de determinadas edades en las que no tienen cabida los sobresaltos. El sistema que adoptamos opta por el control de las personas mediante roles impuestos.

Pero… ¿y si decides dejar de seguir por el camino marcado?

Solo cuando sales de esa «normalidad» entiendes que la vida puede ser apasionante si luchas cada día. Cuando dejas de ver las situaciones bajo el prisma de los demás es cuando puedes vislumbrar caminos alternativos; y será por eso que cada día me llaman, porque se espera que aporte eso que ellos no ven. Pero cómo les explicas a los que no han aprendido a luchar contra lo establecido, que van a tener que hacerlo para defenderse de esa sociedad en la que han estado integrados y en la que se les prometió que, siguiendo sus reglas, vivirían una existencia sosegada hasta el final de sus días. Cuando les explicas que van a tener que mojarse estando al frente de su lucha, la mayoría no están dispuestos a hacer nada, porque en realidad te llaman apelando a ese milagro que les evite tener que moverse. Deben aprender la diferencia de ese vivir o sobrevivir que hablaba.

Nos han acostumbrado a que sea otro el que dirija nuestras vidas, pero cuando ese otro te abandona, cuánto cuesta encontrar el camino hacia el horizonte vital que te lleve a la felicidad. A veces ocurre que nuestras esperanzas están puestas en el propio Estado, ese ente que desde pequeñitos nos han enseñado a que es nuestro protector, ¿o acaso no cuentas entre tus esquemas mentales con uno grabado a fuego en el que existen unos derechos que el Estado se encargará de salvaguardar, con mayor o peor acierto, pero que nunca te dejará tirado?

(Tras soltar una pequeña carcajada continúo…)

¿Seguro que en tu caso no es así? Piensa en el derecho a la justicia, a la comida, a la vivienda… Nos inculcan en la mayoría de los casos que la figura protectora de Papá Estado está ahí porque es el que nos asegurará siempre un lugar donde pasar la noche, ¿o acaso te has planteado alguna vez lo que pasaría si no tuvieras el dinero como para pagarte una pensión si de repente te quedaras sin casa y sin amigos que te acogieran? ¿Has pensado en qué pasaría si no tuvieras un mísero trozo de pan que echarte a la boca? ¿Y si tus hijos no pudieran ir a la escuela porque no tienen ni donde vivir o un hospital al que acudir en una urgencia? Solo cuando llega el momento en que eres consciente de que hay personas para las que estas preguntas se contestan en su día a día, es cuando das el salto y pasas por encima de esas cadenas mentales con las que el sistema te tiene atrapado; es cuando la mordaza cae de tu boca para gritar las consignas que tu mente libera. No tendrás dinero para dar, pero a veces simplemente se necesita gritar que hay esperanza para comenzar la lucha.

El Estado no es tu padre o tú madre, no va a cuidarte como lo harás tú o los tuyos.

El Estado, por más que se hayan escrito en piedra o en una constitución todos esos derechos, a la hora de la verdad no son más que una ficción. Cuando eres consciente de esto has ganado mucho. No es que te solucione la vida, pero al menos te abre la mente para buscar otras rutas hacia la felicidad que debiera establecerse como un derecho y las consiguientes leyes que debieran conducirnos hacia ella. La felicidad debiera ser el eje central de cualquier decisión pública, pero lamentablemente no es así.

Llegados a este punto del análisis, hay que decir que no nos enseñan que las luchas colectivas por los derechos han sido el único modo de conseguirlos, de hecho, en la actualidad más bien se trata de hacer ver más bien lo contrario, que la individualidad es lo único que te va a solucionar la vida, ¿y no es eso parte intrínseca del capitalismo? Nuestros gobernantes, marionetas de ese sistema económico a través de distintas fórmulas de control y gestión, quieren mantenernos separados para que no tengamos nunca la fuerza colectiva suficiente para derrocarlos. No les convienen los cambios porque en el modo de vida que nos han inculcado y en el que ellos ocupan un lugar privilegiado, el que más tiene, posee un valor añadido en una sociedad en la que todo tiene un valor y casi todos tienen un precio. Ellos viven bien.

Aprendámoslo, el que tiene dinero puede hacer valer sus derechos con una mayor facilidad porque curiosamente son gente con dinero la que dictamina las leyes que asegurarán el cumplimiento de los mismos.

¿Quien desahucia y quien es desahuciado? Creo que esto explica muchas cosas.

Lo anterior a muchos juristas les parecerá una aberración. Hablar del precio de los derechos es algo que no está en ningún manual de carrera, pero no nos engañemos, cuántos personas conocemos que hayan sido desahuciadas a pesar de ese derecho a la vivienda, sencillamente por no tener dinero para pagar una hipoteca. ¿Es que nadie previó una ley que cubriera el derecho a tener un hogar? Al final esto es lo que cuenta, que a una serie de personas elegidas para, supuestamente, mejorarnos la vida, no se les ha ocurrido, durante décadas y distintas legislaturas de distintos colores políticos, crear una ley que asegure ese derecho a la vivienda y que proteja a los desfavorecidos. ¿Acaso no ven la urgencia de este asunto? No blindan el derecho al hogar o a poder comer porqué a ellos no los desahucian ni pasan hambre, sin embargo sí que hacen leyes para recortar el derecho a la protesta porque les molestan los gritos de quien pide pan.

(Aclaro que igual que trabajo no es empleo, vivienda tampoco lo es de hogar).

En la anterior afirmación veréis que he hecho mención a algo que a mucha gente no le habrá pasado desapercibida: un derecho se consigue gracias al enriquecimiento de una entidad privada, de un banco gracias a sus hipotecas; esas mismas entidades que después y con el beneplácito de los distintos gobiernos, crearán leyes contrarias a que puedas conseguir alcanzar tu derecho. Esta última afirmación se convierte en otro atentado para algunos defensores de la ortodoxia democrática que se mueven entre los límites del sistema económico. Pero si nos salimos de esa ortodoxia teórica que escuchamos en los foros de esos que se revisten de un halo de poder y nos encaminamos hacia esa realidad que ves todos los días en la calle, te darás fácilmente cuenta que hablamos de gobiernos que no crean leyes o normas encaminadas a facilitar el acceso a una vivienda pública, y por ende son parte activa de lo que ocurre, ya que con su pasividad ante la creación de derechos que nos proporcionarían felicidad, hacen posible que continúe ese paradigma dentro del actual sistema que nos lleva a que sea necesario hipotecar tu existencia para poder pagar letras o alquileres inasumibles. ¿A quíen beneficia este modo de hacer las cosas?, ¿es necesario responder? Solo tienes que pensar en los beneficiados y los perjudicados por este manejo de las leyes y derechos y lo tendrás fácil. Y si aún te cuesta pensar que todo está comprado, simplemente echa un vistazo al caso del dinero de todos que le cedimos a la banca y que nunca nos devolvió, piensa en cómo se cambió el artículo 135 de la Constitución, esa que no se puede cambiar nunca para un beneficio común, y recuerda también como ante el robo de las cláusulas suelo nos obligaron a acudir a tribunales para proteger a la misma banca que cometió el robo del dinero de miles de familias. ¿Aun dudas de quien compra los derechos?

Lo único que nos queda a esos que sufriremos las leyes injustas es luchar en las calles. Esa es nuestra libertad. Debería entenderse que si hubiera habido una movilización suficiente, probablemente no se encontraría nadie al borde del abismo. Pero claro, quién piensa que le puedan quitar la casa, por ejemplo. Siempre pensamos que no nos tocará, y si no nos toca y es otra la víctima, para qué moverse. En una sociedad cada vez más individualista no somos capaces de mirar a más allá de nuestro ombligo, tal vez porque solo aprendemos a vivir mirándonos a nosotros mismos y nuestras circunstancias en el presente. No hay visión de futuro. Pero lo que yo si veo muchas veces es a personas que se ven arrastradas por el «ombliguismo», que es como yo nominó a esa actitud consistente en que una persona piensa que sus problemas son lo único importante y que sus realidades marcan la historia universal. Pues bien, muchos de los que van llegando a la lucha social presumiendo que llevan toda la vida en la calle a pesar de que nadie lo ha visto, realmente son recién llegados que nunca se ocuparon de la problemática de los desahucios hasta que se encuentraron a punto de ser desahuciados, por ejemplo, y es en ese momento cuando opinan que todo el mundo debiera de sentir una total empatía con los que padecen esa lacra, como si con ellos hubiera aparecido la conciencia. Han ido a dos concentraciones y ya saben cómo hay que movilizarse y por eso brindan su conocimiento a todos los que les rodean, eso sí, siempre dando lecciones. Pues bien, yo he aprendido que lo mejor en estas situaciones es decirles que el problema estaba antes, y que siempre se ha necesitado, se necesita y se necesitará apoyo en la lucha porque hay mil causas que merecen la pena. Y sabiendo esto, la pregunta que hay que hacerles es:

¿Tú estarás ahí para apoyar cuando se solucione tu problema o pensarás que eso ya es agua pasada en tu vida y por consiguiente en los demás?

¡YA ES HORA DE MOVERSE PARA QUE NO NOS MUEVAN!

Seamos o no conscientes, actualmente sí que existe una gran movilización silenciosa, lo que ocurre es que igual no es la que piensas. Actualmente se está librando una guerra encaminada a aumentar la riqueza por parte de los que más tienen, ¿o acaso piensas que el incremento en la acumulación de riquezas al que estamos asistiendo es fruto de la casualidad?

Cuanto más nos alejamos de los demás, más se separan los estratos sociales entre sí. Cuanta menos resistencia oponemos, con más facilidad nos someten. Debemos abrir los sentidos para poder ver que en esta guerra silenciosa tienen capturadas como prisioneras a muchas personas. Las mantienen sometidas mientras juegan con su hambre y sus derechos. No son edificios lo que nos jugamos, es directamente la felicidad de la gran mayoría de los seres humanos.

O NOS UNIMOS, O NOS SEPARAN Y NOS REMATAN. ¡ESTAMOS EN UNA GUERRA SILENCIOSA!

Que no veamos casas en ruinas no significa que no haya destrucción. Los edificios tienen que quedar en pie porque es parte del botín. Ya no se necesita derribar las viviendas, lo que ahora se destrozan son familias que caen víctimas de las necesidades y cuyas vidas acaban para siempre en la miseria.

No será esta una guerra televisada.

Es un caos organizado por hombres y mujeres bien vestidos que recibimos en nuestros Parlamentos e instituciones de todo tipo, cuyo objetivo es horadar los cimientos de esa sociedad sustentada en derechos humanos que ahora molestan y que desde hace demasiado tiempo se han transformado en simples adornos estéticos que embelesan conciencias y aplacan revoluciones. Estos personajes de los que hablo tienen un objetivo claro, hacer lo posible para ocultar que esto está pasando, tratando de evitar que alguien descubra que tras esa fachada que siempre nos han vendido como democracia, solo hay en funcionamiento una maquinaria cuya misión es generar bienestar para unos pocos, y en la que la mayoría simplemente somos engranajes con aspiraciones a subir puestos dentro del mecanismo de la máquina.

Estamos asistiendo al blanqueo de ideologías criminales como la fascista, protagonizada por el autoritarismo e introducida por el populismo necesario para lavar el olor a podredumbre que va dejando a su paso. Se está creando un escenario en el que poco a poco asistimos subidos y silenciados a cómo nos ponen las cadenas, y esto ocurre porque no nos damos cuenta de que nos están apresando, de que cada vez hay más prisioneros en esta guerra silenciosa, en la que cuando nos han vencido comprando nuestra hambre, también quieren someter nuestros sueños, que en realidad es la mayor fórmula de sumisión. Si no eres capaz ni de soñar, no serás capaz de luchar porque no habrá nada por qué hacerlo. Si solo miras hacia abajo por miedo a perder lo poco que te han dejado, cómo vas a caminar hacia el horizonte si ni siquiera lo ves.

Igual es ya hora de comenzar a pensar en apoyarnos entre todos y todas para afrontar lo que se nos viene encima. Igual ya es hora de luchar, ¿no te parece? ¿Cuál es tu causa? La mía el derecho a la felicidad. ¿Te imaginas lo que supondría el cumplimiento de ese derecho? El derecho a ser feliz. Por eso merece la pena luchar y gritar:

¡A LAS BARRICADAS!

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