MARISA Y SU HOTEL

Hotel de Marisa

Diego Rodríguez Toribio

Huelva

Marisa tenía unos cincuenta años, una suposición siempre porque hacía bastante que la edad de la dueña del hotel era una verdadera incógnita, que por supuesto nadie se atrevía a tratar de resolver a la vista de las reacciones de la investigada.

Su cuerpo era esbelto. Formas curvosas y amplias que rezumaban abundancia por los cuatro costados, algo que en determinado ambientes del pueblo, sobre todo en la plaza de la Libertad, a la que acudían jubilados aburridos y expulsados de sus casas, era símbolo de fiesta. Cuando Marisa cruzaba por medio de la plaza, todos la miraban con una especie de lascibia reprimida e inacabada, algo que realmente a ella le gustaba porque hacía tiempo que necesitaba que le levantaran el ánimo externamente. Necesitaba sentirse deseada, algo que desde que rompió con su último “novio” hacía ya un par de años, no lograba de ninguno de sus pretendientes, que a decir verdad no abundaban por aquellos lares en los que todos se conocían y ella era conocida y criticada por sus devaneos juveniles, lo cual se había convertido en un peso muerto del que no podía desprenderse a la hora de llevar una vida medianamente normal.

El hotel de Marisa, como así lo conocían todos, era el lugar en el que todos los recién llegados al pueblo acababan. No existía ningún otro local en el que quedarse una noche cuando visitabas aquella localidad. Casi todo el mundo prefería ir a localidades más cercanas y con mucho más que visitar, o con mayores ofertas culturales. Onuba era una ciudad pequeñita con cierto afán de atraer visitantes, pero realmente nunca acertaban con los proyectos, tal vez porque en realidad no se lo tomaban en serio y desde el Ayuntamiento no había formado parte el turismo de ningún plan de actuación.

La dueña del hotel había decidido revitalizar su hotel, por eso había llevado a cabo obras, menores, eso sí, pero suficientes como para mostrar un negocio mucho más moderno y atractivo de cara a lo que acaba de descubrir: las redes sociales. De repente un día, a través de uno de sus amigos descubrió una cosa llamada Facebook, algo que le fascinó al comprobar cómo podría relacionarse con otras personas; pero lo que le llamó realmente la atención fue Instagram, una red a la que podría sacarle muchísimo partido a nivel empresarial. Con las fotos de su negocio, y de ella misma ya de paso, podría mostrar/mostrarse, no quedaba claro lo que pasaba por su cabeza al publicar las fotos, si las bondades del hotel o de ella misma en multitud de selfies en todas las estancias de su reformado hotel. Si había algo que Marisa había dejado claro desde el primer momento en el que decidió regentar el único hotel de Onuba, era que tenía una cierta visión para los negocios contra la que nadie osaba rebatir ni un ápice. Los resultados la avalaban. El hotel estaba recibiendo más visitas de lo habitual y con esto quedaba claro que su decisión le había servido. A la vez, en las fotos, ella se mostraba como una persona accesible a la que poder preguntar, algo que muchas personas allende las fronteras hacían, y contestaba sin problema, lo cual la convirtió en una persona con cierta fama en redes, lo cual apuntalaba su prestigio fuera del pueblo, en su ciudad ella seguía siendo Marisa la del hotel.

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